The good son of Azazel
A la sombra del avellano
martes 12 de mayo de 2009
No puedo evitarlo ...
Se ha ido, insisto. Como lo hicieron millares, como Ava Gardner, como los sueños. Como un suspiro, como la belleza, como su querida Marga. Como todos ellos, dispares, distintos, dibujaba un espacio único en el que este pobre diablo, en el desaliento o en la dicha, solía recrearse. No está. No existe. Quizá nunca estuvo.
Como la estela de la mano que corta el agua ...
martes 30 de diciembre de 2008
Despedida y cierre
Para esta suerte de despedida he elegido un texto de Manuel Vicent, tan egregio artículista (opino, y ruego perdón a quién no comparta mi punto de vista, incluido el propio aludido) como anodino novelista. Hay futboleros que se manejan infinitamente mejor en campos chicos que en grandes estadios. Alegorizando la escritura de Vicent, diría que, en cancha pequeña, es un artista. Gracias, maestro.
Concierto, de Manuel Vicent. Publicado en El País el 28/12/2008
Recordar sin desgarro ni melancolía, suave y armoniosamente, las cosas agradables que te hayan sucedido este año, como quien sale al huerto de atrás a recoger los frutos que ha dado cada estación, puede ser un ejercicio necesario de supervivencia cuando todo parece que se desmorona a tu alrededor. No pasa nada por ponerse tierno alguna vez. Al fin y al cabo a Bogart se le perdonó que se emocionara al oír de nuevo el piano de Sam. Pese a todo, no se te habrán negado ciertos momentos de felicidad en medio de la ruina general. El placer de la lectura de un libro apasionante durante una convalecencia te recordó aquellos días de la niñez en que el sopor de la fiebre se llenaba de piratas y aventureros. Seguramente habrá habido también este año algunas mañanas de primavera en que te has sentido feliz sin saber por qué, tal vez porque te bastaba con que el sol estuviera en la ventana para salir a pasear y que te obedeciera tu perro. Tampoco habrás olvidado el viaje que hiciste durante el verano. Abriste el mapa, señalaste un punto azul y de la yema del dedo surgió una ciudad, una isla, una playa unida al nombre de una amiga, de un compañero, de un viejo o nuevo amor con el que te pusiste en camino. Dulces fueron aquellas tardes en que la discusión acalorada se estableció en torno a una copa sobre el tema que no importaba nada, salvo el gusto por llevar la contraria para demostrar que te sentías vivo y en plena forma con toda la inteligencia bombeando sangre en las sienes y después sucedía el silencio con un poco de música en la que siempre estabas de acuerdo. Probablemente habrán sucedido algunos desastres en tu vida. El puesto de trabajo sigue estando en el aire, te han rechazado algunos proyectos en los que te habías embarcado, la desconfianza que genera la crisis ha terminado por calarte los huesos y parece que en el horizonte se ha instalado un muro que no vas a poder saltar. Pero la vida es como un concierto de Mozart en que las malas noticias hay que recibirlas en el interludio. Cualquier golpe duro en ese momento puede ser diluido en la memoria con el movimiento más excelso de la partitura que has oído y después quedará la segunda parte para que un solo de clarinete te haga olvidar por un instante cualquier desgracia.
De puntillas y sin hacer ruido ...
A menudo nos sorprenden. Y, solo en raras ocasiones, les concedemos un hueco en nuestros pensamientos; bastante ocupados andamos esquivando problemas, sorteando situaciones embarazosas y anhelando que, al menos, la próxima mañana no sea muy distinta a la anterior.
Os hablo, por puro azar, de pequeñeces. De esas diminutas cosas que alguna vez creímos olvidadas y, plantadas de sopetón ante nosotros, arrastran del hilo invisible que las une a nuestros recuerdos.
No ignoramos que muchas de las escenas que rememoramos, si es que no son todas, faltan a la verdad; nuestra edad las ha macerado tanto que terminan por tornarse irreales, sometidas como están a nuestro insistente, y cada vez más enquistado, punto de vista. A pesar de ello, las sentimos tan genuinas como las yemas de nuestros dedos; están ahí, puedes sentirlas. ¿Para qué perder con ellas un minuto de tu valioso tiempo?
Una de esas pequeñeces, por ejemplo, es el olor a torrijas recién hechas en cualquier bar, tan parecidas a aquellas que alguna de nuestras madres nos solía preparar cuando fuimos niños. Otra, más recurrida, resulta ser esa canción dulzona que alguna emisora trasnochada acierta a radiar y que, casualmente, una vez compartió nuestros primeros escarceos amorosos. Una y otra, servidas al dente, no nos parecen manipuladas por nuestra consentidora memoria, por unos recuerdos que nos bailan el agua, dulcificándonos los malos tragos. ¿Quién se acuerda de aquellas migas infames que una vez preparó tu padre? ¿O de las amargas noches que pasaste escuchando aquel odioso tema de Pretenders, cuando aún te parecía increíble que tu chica te hubiera dejado?
Aún así, escéptico ante la probada certeza de mis recordadas mentiras, algunos de esos pequeños acontecimientos se han instalado, a horas poco oportunas, en mis pensamientos. Es mi obligación, por tanto, advertiros que las presunciones que componen este escrito son puras divagaciones y que, como tales, pueden aburrir al más pintado. Podría así suponer que en este punto algún lector, hastiado, haya pasado de página; pero antes de que lo haga, quisiera hacerle partícipe de mi eterna gratitud, más que nada por haber soportado tamaña perorata hasta este punto.
¿Quién no guarda en su pequeña historia la memoranza de una hermosa primavera? Los campos floridos, suaves brisas y ropa de entretiempo. Su nombre evoca belleza, otorga ansía al respirar, incita a saborear cada uno de tus pasos; pero pocos se acuerdan de las alergias hasta que llega el buen tiempo; de buenas a primeras tu posición, social o laboral, horizontal o vertical, depende de un puñado de pañuelos de papel. Ya no evitas a los desgraciados que los ofertan en los semáforos; incluso recorres media ciudad con tu coche, esperando encontrar alguno antes de llegar a la oficina. Comienzas a cultivar determinados saberes farmacéuticos que, una vez llegue el verano, olvidaras por completo.
El estío. La época en la que siempre ubicamos nuestros mejores momentos, cuando, al menos por unas semanas, ganas verdadera consciencia acerca de la propiedad de tu tiempo. Desde hace algunos años, veo bajar el verano caminando por la Rambla, buscando el sosiego del mar, anhelando la caricia de la arena. Anda y lo hace en forma de mujer, ya sea morena o rubia, india o mulata. Esa imagen tan deliciosa, esas figuras que, deseadas o envidiadas, se pasean bajo el sol nos hacen olvidar lo que se nos echa encima: escuadras, ejércitos, millares de mosquitos que, amparados por el calor, nos atosigan sin descanso. Nos buscan en casa, nos acosan en nuestro lugar de descanso, nos desvelan por la noche, aprovechándose de la longevidad del verano para sobrevivir hasta el lejano otoño.
Otoño. La imagen de parques poblados de árboles de hoja caduca enmarca su nombre con tonos verdes y marrones, tan apagados como un sol que nos implora descanso. Y como no, ese tiempo diseñado para la melancolía, ese lugar de reposo para el alma agotada por los avatares de las vacaciones también tiene sus pegas. Para muchos son las lluvias, que nos sorprenden y arrasan con todo en un momento. Para otros que, como yo, opinan que el agua en Alicante siempre ha de ser bienvenida, sus espinas son las bodas: la mayoría de parejas, amigos, familiares, compañeros de trabajo, vecinos suelen escoger esa época para casarse. Y ahí estás tú, con un salario paupérrimo, con una cuenta corriente que te da pánico consultar, enfrentándote a dos, tres o cuatro compromisos en escaso espacio de tiempo. Naturalmente necesitas ropa nueva y, si tienes muy mala suerte, tendrás que localizar habitación en algún hotel de alguna ciudad extraña, pues has sido emplazado en la iglesia a la que pertenece, y que por cierto no suele pisar, la novia de turno.
Por fin llegamos al invierno. Y con el la Navidad, idea original desde la que ha partido esta desastrosa disertación. Esas fiestas tan entrañables, en las que el lobo vuelve a disfrazarse de cordero y dispone ante nuestras ingenuas miradas un interminable desfile de luces y colores, adornados con todos los buenos sentimientos de los que pueda hacer uso la factoría Disney, bajo la atenta mirada de El Corte Inglés. Si nos apuran, tras comprar las típicas castañas calentitas, saciamos nuestra pasajera bondad dándole las vueltas a un mendigo. Todo es hermoso, la vida es estupenda y poco nos importa que, en otros lugares del mundo, el escorbuto, la lepra o algo tan simple como el hambre decapiten miles de sueños, esperanzas y palabras. Es entonces cuando el compañero, el amigo, el conocido que se ha pasado el año creyéndote invisible, se cierne sobre tu sorpresa lotería en ristre. Tu cartera no llora porque no puede, aunque ignoro si lo harán las confeccionadas con piel legítima de cocodrilo. Con un horizonte cargado de regalos sin utilidad, de detalles de mirar y tirar, de cuantiosas cantidades a crédito, tu desesperanza es indigna de esas fechas y te dejas arrastrar por la marea.
Con esta recapacitada decisión, y aunque solo sea por este año, pretendo implorar a los vendedores ocasionales de papeletas que respeten mi desconsuelo, que esquiven mis buenas intenciones y yo, en el futuro, prometo no lanzar un saludo al vacío cuando me cruce con ellos. Yo tampoco quisiera incomodarles obligándoles a hacer algo que no desean.
Antonio José López Rodríguez
noviembre de 2001
viernes 28 de noviembre de 2008
Muerto noviembre ...
Recibí una carta a mi nombre enviada por un tal Duke Mizounis, franqueada en una oficina de correos de la isla de Poros, en Grecia. Estaba dirigida a mi domicilio profesional y el remitente, a fecha quince de diciembre, escribía en perfecto castellano:
"Estimado amigo:
A finales del mes pasado realicé un viaje de placer a su país, concretamente a Barcelona.
Entre otros contactos, tuve la ocasión de conocer a Johann Weymeels, consejero delegado en España de una importante multinacional, un enamorado de su país y, por cierto, un apasionado de la integración de la arquitectura en el paisaje.
En el transcurso de la conversación me habló de su hija, la señorita Meritxell Weymeels, licenciada en Bellas Artes en San Fernando y residente en Alicante desde hace unos meses, así como del interés que tiene aquella por ejercer su profesión en algún estudio de su ciudad.
Entusiasmado con el proyecto que recientemente usted realizó para mí, me vi en la obligación de empeñar mi palabra, por lo que no dudé en enviar bajo su tutela profesional a tan estupenda colaboradora.
Un cordial saludo".
De seguido llamé a casa y la pelirroja atendió mi teléfono: la había contratado la mañana anterior y, a la tarde, compartíamos piso y cama. Aunque inoportuno, quise que me recordase su apellido y, aturullado por la respuesta, accedí a presentarla a mi familia en la cena de ese día: la de nochebuena.
Como para volver a olvidar a Duke Mizounis.
Antonio J. López. Diciembre de 2000.
miércoles 5 de noviembre de 2008
¡Qué grande es Nanni Moretti!

lunes 13 de octubre de 2008
El obsequio inesperado
jueves 9 de octubre de 2008
Algo de sí mismo
La tarde, aquí, se deshoja tranquila, lluviosa, otoñal. La mañana, encapotada, transcurrió junto a las olas espoleadas por el viento, bajo las sufridas palmeras, frente a un mar que, como horizonte, se partía en tres bandas de rugientes tonos de verde, más hermosos que los que pudieran regalarse a cualquiera bandera tricolor. Desenredando en el blog de Juan Cruz, cronista de su propia existencia, he descubierto un poema de Rudyard Kipling que no conocía, pero que otros niños que fueron (como lo fui yo o quién esto mismo lee) conocieron desde bien temprano. Aunque parezca tarde, merece aprehenderse para siempre. Su título original es If (Si en castellano). Y me gustaría, como otros que ya he transcrito, compartirlo con quienes desperdician su tiempo conmigo:
SI
Si puedes conservar la cabeza cuando a tu alrededor todos la pierden y te echan la culpa;
si puedes confiar en ti mismo cuando los demás dudan de ti, pero al mismo tiempo tienes en cuenta su duda;
si puedes esperar y no cansarte de la espera, o siendo engañado por los que te rodean, no pagar con mentiras, o siendo odiado no dar cabida al odio, y no obstante no parecer demasiado bueno, ni hablar con demasiada sabiduría…
Si puedes soñar y no dejar que los sueños te dominen;
si puedes pensar y no hacer de los pensamientos tu objetivo;
si puedes encontrarte con el triunfo y el fracaso y tratar a estos dos impostores de la misma manera;
si puedes soportar oír la verdad que has dicho tergiversada por bribones para hacer una trampa para los necios, o contemplar destrozadas las cosas a las que habías dedicado tu vida y agacharte y reconstruirlas con las herramientas desgastadas…
Si puedes hacer un hato con todos tus triunfos y arriesgarlo todo de una vez a una sola carta, y perder, y comenzar de nuevo por el principio y no dejar de escapar nunca una palabra sobre tu pérdida;y si puedes obligar a tu corazón, a tus nervios y a tus músculos a servirte en tu camino mucho después de que hayan perdido su fuerza, excepto la voluntad que les dice ¡continuad!
Si puedes hablar con la multitud y perseverar en la virtud o caminar entre reyes y no cambiar tu manera de ser;
si ni los enemigos ni los buenos amigos pueden dañarte, si todos los hombres cuentan contigo pero ninguno demasiado;
si puedes emplear el inexorable minuto recorriendo una distancia que valga los sesenta segundos, tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella, y lo que es más, serás un hombre, hijo mío.
lunes 6 de octubre de 2008
Un hermoso poema de Manuel Padorno ...
Mi casa construida con el agua,
líquido cimentado que, entremedias
deja pasar un río desde siempre.
Una ventana da a la parte baja,
otra a la parte alta y otras, antes,
a las partes que dan a la barranca.
También algunas de ellas, por su cuenta
dan a copas salvajes, y otras tantas
dan a la carretera que pasaba.
Abrí también un muro para ver
la colina de enfrente, y otro y otra
para mirar encima, en la distancia
la larga cordillera de la nieve.
Según se entra va, abriéndose despacio
la sala enorme y flota, (allí recibo
las visitas, dejadas del caballo),
sentándonos después, por cortesía
alrededor de fuegos invernales,
con los pies los veranos en el agua.
Ofrezco té primero; luego vamos
a los máximos vinos inconscientes.
- Antonio José López Rodríguez
- Sant Vicent del Raspeig, Alicante, Spain
- Escribo. Leo. Escucho música. Paseo. Y, la mayor parte del tiempo, hago lo que más me apasiona hacer: nada.
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